“La casa Lobo”: La perversión cuadro a cuadro

Por Antonella Estévez

En 2007 el trío Cristóbal León, Joaquín Cociña y Niles Atallah sorprendieron con el notable cortometraje de animación “Lucía”, una obra desarrollada con la técnica stop motion en donde una habitación infantil era transformada por dibujos a carbón y la movilidad de sus objetos en la expresión de la subjetividad de una niña que narra diversas situaciones de su vida y su relación con su vecino. Al año siguiente los realizadores repitieron el ejercicio con “Luis”, cortometraje que se puede leer como la contraparte de “Lucía”. En esta ocasión conocemos la versión del niño vecino de Lucía al que le suceden cosas bastante singulares y que en el proceso de contarlas arma y desarma una habitación cuyos muebles, suelos y paredes son trastornados por el relato de Luis.

Diez años después el trío de artistas visuales reaparece ahora con un largometraje bajo la dirección de Cociña y León, y con Atallah en la producción junto a Catalina Vergara. La película fue estrenada y premiada en la versión 68 de la Berlinale y desde entonces ha tenido un interesante recorrido por festivales.

Describir “La casa Lobo” no es tarea fácil. Ya que podríamos decir que es, al mismo tiempo una metáfora del poder y una fábula sobre los espacios más oscuros de nuestra propia subjetividad. La película parte con una introducción en que un colono germano explica a los espectadores que lo que van a ver ha sido encontrado en los archivos de la Colonia y que se muestra ahora para ayudar al público a superar los prejuicios respecto a la vida en esa comunidad. De ese relato contado con una voz en off con acento alemán y en el que vemos imágenes de archivos que dan cuenta de la, superficialmente, armoniosa vida en ese lugar, saltamos a la narración de María quien parece haber huido de la colonia para armar una vida por sí misma. Es así como encuentra una casa en la que decide habitar y en la que adopta un par de cerditos que luego se transformarán en sus hijos y con los que armará una particular familia no sin más de algún sobresalto.

Probablemente lo más impresionante de “La casa lobo” es su propuesta visual. Fueron cinco años de trabajo para un largometraje en que las técnicas que ya habíamos visto en “Lucía” y “Luis” se vuelven aún más sofisticadas y eficientes en el hacer entrar al espectador en este mundo expresionista en donde lo que vemos es puro relato y en donde los personajes son uno con el entorno, entran y salen de él, transformándolo y transformándose. Los creadores de “La casa lobo” se propusieron que la producción del filme se realizara en una serie de muestras en las que se instaló el estudio de creación y filmación en espacios de exposición. Así el público asistente a esas exposiciones pudo ser testigo del desarrollo de la producción como una obra en permanente cambio. Ese espíritu permanece en la película terminada, ya que en ella vemos a los personajes en constante transformación utilizando la materialidad de los elementos que componen la imagen para descomponerla y transformarla en otra cosa, y luego en otra y luego en otra. Todo esto sin perder el sentido de la historia que nos invita a pensar en los largos tentáculos del trauma del que parece la protagonista no puede escapar porque lo lleva dentro de ella misma.

Aunque las referencias a Colonia Dignidad y a Paul Shäfer son evidentes lo interesante de “La casa Lobo” es que mediante la ambigüedad de su discurso permite que ese mal sea uno mucho más multiforme que el que limita al caso Shäfer. En “La casa Lobo” el mal no tiene límites y se mueve entre los personajes y su entorno libremente. Esta oscura metáfora luce en la brillantez de la forma dejando al espectador al mismo tiempo encantado y adolorido.

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