“Isla de Perros”: cálida belleza

Por Antonella Estévez

Desde mediados de los noventa y con nueve largometrajes en su currículo, además de varios cortos y otras obras visuales, Wes Anderson se ha transformado en uno de los autores cinematográficos contemporáneos más reconocidos y admirados. Con títulos como “Los excéntricos Tenembaum”(2001) , “La vida acuática de Steve Zissou” (2004), “Moonrise Kingdom”(2012) y “El Gran Hotel Butapest” (2014), su mezcla de obsesivamente detallista y planificado trabajo visual con historias de personajes excéntricos, frágiles y queribles han hecho que - para muchos cinéfilos, entre los que me cuento- el estreno de cada una de sus películas sea la posibilidad de volver a ver un cine que entiende que la sofisticación formal sólo funciona si está al servicio de la historia y las emociones.

“Isla de Perros” fue el primer largometraje animado en stop motion en abrir el prestigioso Festival de Cine de Berlín, y le valió al director el Oso de Plata a la mejor dirección en ese certamen. Desde entonces la película ha ido sumando expectación y buenas críticas para llegar, finalmente, a su estreno en las salas de nuestro país.

Quienes vieron “El fantástico Sr. Fox” (2009) –el primer largometraje animado en stop motion dirigido por Wes Anderson y que se encuentra disponible en Netflix- ya sabían de la meticulosidad del director y su equipo para dotar a los escenarios y personajes de una belleza y verosimilitud que hacían de cada escena una obra en sí misma. Ese nivel de trabajo se acrecienta en “Isla de Perros”, cinta en la que trabajaron 27 animadores y diez asistentes, se construyeron más de doscientos sets y cerca de mil rostros para las marionetas. El resultado es una experiencia visual como pocas. El uso de distintos formatos de animación, de materiales orgánicos y del talento de los artistas detrás de esta película permite al espectador sorprenderse constantemente con las posibilidades de la imagen, y sobre todo con su poder para conmover y servir a la historia. Porque, aunque la técnica de Wes Anderson y su equipo sea impecable, exquisita y preciosista, no sería eficiente si desequilibraran la narrativa y distrajeran al espectador del sentido de la historia que se está contando.

“Isla de Perros” es un homenaje a la fidelidad, entrega y cariño de estos animales contada desde este grupo de entrañables perros que apoyan a un valiente niño a encontrar a su mascota enviada –como todos los perros de la imaginaria ciudad japonesa de Megasaki- a una isla de basura en donde se espera que mueran producto de una enfermedad canina. La narración la llevan los animales, es a través de sus conversaciones y conflictos que podemos entender la acción y conmovernos con su cariño a este “pequeño piloto” que escapó desde la ciudad robándose un aeroplano y que está dispuesto a todo por encontrar a su perro perdido. Esta anécdota, que puede parecer muy simple, se moviliza hacia varios sentidos y hace que la película pase por una serie de estados emotivos en donde el espectador pasa del asombro, a la risa, a la ternura, a la indignación y a la ternura otra vez. Como suele suceder en las películas de Anderson este viaje emotivo está sostenido en estupendas actuaciones. A nombres ya familiares en la filmografía de Wes Anderson como Bill Murray, Tilda Swinton, Frances McDormand, Jeff Goldblum y Edward Norton, se suman Scarlett Johansonn y Bryan Cranston entre otros, para prestar sus voces, actitudes y talentos a los personajes.

Vale la pena hacer el ejercicio de ver “Isla de Perros” en pantalla grande para apreciar el espectacular trabajo visual que la sostiene, pero sobre todo para permitirse sumergirse sin distracciones en este mundo que nos propone Anderson. Un mundo en donde lo desechado está lleno de valor, en donde los perros hablan y en donde los pequeños pueden vencer a los poderosos coludidos. Un mundo que nos encantaría habitar más seguido.

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