“La forma del agua”: La resistencia fantástica

Por: Antonella Estévez



¿Para qué vamos al cine? Muchos de nosotros seguimos haciendo el ritual de juntarnos con otros en una sala en que las imágenes de la pantalla nos iluminan con sus historias para, quizá, recrear el antiguo rito de nuestros primeros antepasados de sentarse junto al fuego para escuchar - en la voz de mujeres y hombres sabios- historias fantásticas que nos ayudaban a entender el mundo y a nosotros un poco más. Son esos relatos que se mueven entre lo mítico y lo real los que fueron construyendo desde la antigüedad nuestra idea de lo humano y que han ido cambiando con los años y adaptándose según la sociedad que los genera.

“La forma del agua” tiene tono de cuento. Su introducción inmediatamente nos instala en el mundo de lo fantástico. Una cámara que se mueve libre en un espacio que parece familiar pero que al mismo tiempo es extraordinario con una amable voz masculina que nos invita a poner atención a la historia que está por contarnos. Una historia que, aunque nunca abandona su tono, puede estimular en el espectador reflexiones mucho más profundas que la belleza de su forma.

La presentación de la protagonista es de las más delicadas e inusuales que hemos visto en el cine reciente. Una mujer adulta que mantiene cierta dulzura infantil pero que –y esto se establece desde el principio- tiene muy presente el ejercicio de su propia sexualidad al mismo tiempo que la preocupación y la amabilidad hacia los otros. Esas primeras secuencias que nos presentan a Elisa –interpretada brillantemente por Sally Hawkins, para quien se escribió el papel- ya establecen que esta historia no es precisamente el clásico cuento de hadas. La protagonista no es una doncella en peligro en busca del amor, sino una mujer compleja que aún sin voz, logra expresar su particular mirada del mundo, lo que explicará su capacidad para acercarse y vincularse con el extraño ser que habita el laboratorio que a ella le toca limpiar.

Guillermo del Toro, que escribió y dirigió esta película, ha dicho que se trata de un filme tremendamente político y que su interés en el género fantástico tiene que ver con su vocación poética y su posibilidad política. El director ha dicho que la forma más eficiente de hablar de algo de hoy es la parábola, ya que permite al espectador quitarse el peso de la ideología, de la inmediatez para adentrarse en temas humanos de manera más amplia. En ese sentido “La forma del agua” invita a hacer una potente reflexión sobre la otredad y la capacidad de empatizar –de ver lo humano- en ese ser aparentemente tan distinto. Situando la historia en principios de los sesenta –en plena carrera espacial en el contexto de la guerra fría- Del Toro revisita el cine fantástico que se hizo en esa época dándole una vuelta radical. Teniendo como principal referente “Creature from the Black Lagoon” (Jack Arnold, 1954) acá el villano –exageradamente nacionalista, maltratador y sin muchos matices- es el que en el cine clásico sería el héroe y el héroe –esa pura otredad- es el monstro. Instalando, desde la belleza y la potencia de una película fantástica, un discurso especialmente atingente al Estados Unidos de Trump, particularmente punzante viniendo de un realizador mexicano.

“La forma del agua” ganó en el Festival de Venecia, fue galardonada con el premio al mejor director y mejor banda sonora en los Globos de Oro, además de mejor diseño de producción y también mejor Banda Sonora en los Bafta, entre muchos otros reconocimientos y llega a la entrega de los Premios Oscar con trece nominaciones, incluyendo las categorías de Mejor Director y Mejor Película y estando presente en casi todas las categorías técnicas y de actuación. Es muy probable que sea una de las cintas más  premiadas de la gala del cuatro de marzo, no sólo por el muy meritorio nivel de la película, sino porque hoy Hollywood es especialmente consciente del poder de su discurso y de la necesidad de resistir desde la imaginación y el contenido a los verdaderos malos delante y detrás de pantalla.

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