La violencia aprendida y justificada

Por Antonella Estévez

Este 25 de noviembre se conmemoró el Día Internacional de la eliminación de la violencia contra las mujeres, la fecha fue establecida por la ONU para recordar el asesinato de las hermanas Mirabal por parte de la dictadura de Trujillo en República Dominicana, ocurrido en 1960, y para visibilizar las diferentes formas de violencia que las mujeres sufren en todo el mundo.

A nivel mundial se sabe que una de cada tres mujeres es víctima de violencia física. Entre los 25 países con las tasas más altas de feminicidio en el mundo, 14 están en Iberoamérica donde la violencia de género dejo un total de 1998 mujeres muertas en 2016. Si hablamos de otros tipos de violencia las cifras suben significativamente ya que, por ejemplo, un 43 por ciento de las mujeres de los 28 Estados Miembros de la Unión Europea han sufrido, al menos, violencia psicológica por parte de su compañero sentimental. Si esto está pasando en los países más avanzados en términos de igualdad de género, nos podemos imaginar lo que sucede cada día en el resto del mundo. ¿De dónde viene tanta violencia? Las respuestas son múltiples y complejas, pero, en general, tienen en común vincular la violencia contra las mujeres con nuestra organización y aprendizajes sociales.

Nadie nace violento, nadie nace machista, nadie nace pensando que el otro es inferior. Estos son todos entrenamientos culturales que instalan una escala de valores en donde “lo fuerte” se impone sobre “lo débil” y en donde las mujeres son constantemente objetizadas al punto de dejar de ser vistas como personas y sujetos de derecho. ¿Cómo llega un hombre a matar a una mujer? No creo que se trate de un hecho automático que se produce de un momento a otro, sino del resultado de una suma de elementos que van instalando en la cabeza de ese varón la idea de que la mujer – “esa” mujer, “su” mujer- es algo sobre lo que puede ejercer su poder. Está demostrado que la violencia física entre parejas escala en el momento en que la mujer demuestra una voluntad independiente que contradice los deseos de la pareja. El querer trabajar, estudiar, separarse son todos detonantes de una crisis que, en muchos casos, termina en la muerte de la mujer. Si seguimos esa lógica podemos entender que eso se produce porque esos hombres se descolocan ante la idea de que “sus” mujeres sean algo más que un lugar de apoyo, servicio y satisfacción para ellos. Formados en un contexto que constantemente está afirmando esta idea se puede entender –aunque jamás justificar- que este desconcierto de los varones se traduzca en violencia que es la reacción más primitiva ante aquello que no entendemos y que sentimos que nos amenaza.

La televisión, el cine, la música, la educación, las lógicas familiares, la estructura social, todo lo que nos rodea ha estado constantemente enviando mensajes que van en la línea de separar lo masculino de lo femenino, valorizando una cosa en detrimento de la otra. Desde la infancia se nos enseña que “las cosas de mujeres” son de menor importancia, superficiales e irrelevantes, vinculando a ellas todo el mundo de las emociones y las relaciones afectivas. Así muchos varones crecen sin saber cómo conectarse y manejar sus sentimientos ya que todo lo relacionado con ellos se establece como una “zona de minas”, tanto en términos peyorativos con lo femenino, como –quizá inconscientemente- con lo peligroso que es acercarse a esa área. Si sumamos esta incapacidad emotiva con la contradicción entre los mensajes culturales que dicen que las mujeres están ahí para el servicio y el placer de los hombres, y la realidad de mujeres que intentan revelarse contra estos mensajes: la violencia aparece como un resultado lógico.

Hoy nos enfrentamos a un momento de profundos cambios culturales y contradicciones. Después de décadas de movimientos de mujeres reclamando sus derechos, las cosas que antes era normales –como el acoso callejero- hoy comienzan a aparecer como impresentables. Lo que hemos visto pasar en Hollywood durante las últimas semanas es reflejo de este cambio, finalmente las víctimas han dejado de sentirse culpables por lo que les pasó y han levantado la voz contra sus agresores, exponiendo un sistema en donde el abuso estaba normalizado como parte “del negocio”. El caso Weinstein ha inspirado a cientos de personas –no sólo en el mundo del cine- que han sido abusadas a contar sus testimonios y a dejar de sentir que fueron ellas las responsables de esa situación. Este cambio en la subjetividad de las victimas ya es un gran paso. Aquellas acciones que por repetición y cobardía se consideraban “normales” hoy dejan de serlo, generando un profundo cambio en las lógicas de poder al interior de esta y otras industrias.

Pero aún nos queda tanto por recorrer. Es cierto, el diario “La 4ta” dejó de imprimir la “Bomba4” y ha tenido un cambio en su perfil editorial, lo que se puede leer como un gran avance en términos de que ese tipo de propuesta ya no es tan rentable, pero –paralelamente- la cultura de los reality shows y el reguetón, sigue instalando a las mujeres como objetos cuya sexualidad parece ser lo único que las hace valiosas. Hoy, las nuevas generaciones se forman en esta contradicción, avances y reflexiones, por un lado, hipersexualización y violencia por el otro. Según el Foro Económico Mundial la igualdad de género tardará un siglo en lograrse sino se toman medidas de afirmación positiva a favor de las mujeres y, aunque hay avances en este sentido –como por ejemplo el aumento en representatividad de las mujeres en nuestro congreso con la entrada en vigencia de la ley de cuotas-, aún estamos muy lejos de vivir en una sociedad en que hombres y mujeres podamos ejercer de manera igualitaria nuestros derechos. Es un camino largo, una pelea que se da todos los días y que comienza en el espejo y en los pequeños gestos con los que tratamos a quienes nos rodean.

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