Reseña: "La Bella y la Bestia"

Sol Márquez Thomas

Apostar por revivir historias –ya sea por medio de reboots, secuelas o spinoffs-, sigue marcando tendencia en Hollywood y dados sus exitosos resultados de taquilla, es claro que se trata de una corriente que ha llegado para instalarse más allá de la moda. Los cuentos de hadas han sido uno de sus principales blancos, aunque con la intención de mostrar la historia no contada de sus villanos, en busca de los grises de las historias originales, que una vez en manos del gigante Disney fueron eliminados en varias ocasiones.

La Bella y la Bestia modelo 2017 sale de esta línea, para presentarse como una nueva versión de la historia que en 1991 llegó al cine para convertirse en un hito de la historia del cine y de Disney, al transformarse en la primera cinta de animación nominada al Oscar a Mejor Película, antes de que se creara la categoría de película animada. Hay entonces una intención de reintroducir el relato a nuevas generaciones, en un momento en que la revisión de clásicos parece un absurdo. 

La Bella y la Bestia de 1991, basada en la historia creada por Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, tiene ganado su sitial en los anales del cine porque es cine en su mejor expresión. Disney había regresado en esa década con la intención de volver a convertirse en un referente y la película se convertía en su mejor ejemplo: nos transportaba a un mundo de fantasía, que funcionaba a la perfección con una serie de reglas que hacían verosímil combinar a una chica de pueblo con un príncipe bajo el hechizo de una bruja y los utensilios de la casa convertidos en objetos animados. El número interpretado por el candelabro Lumiere, “Be our guest”, condensaba en pocos minutos el poder de esta fantasía, donde lo importante no eran las apariencias, sino quiénes somos, aunque seamos un montón de bichos raros, como ocurre con todos los personajes que valen la pena en esta historia. El concepto era acompañado por la puesta en escena, que no explicaba o comentaba, sino mostraba la fantasía. 

La nueva versión, dirigida por Bill Condon (La saga Crepúsculo), rompe con la fantasía y la verosimilitud, buscando anclar el corazón del relato en los personajes de carne y hueso: conocer a la Bestia antes de que se convierta en tal para demostrarnos que pese a la belleza humana era una mala persona, situación que lo convierte ante los ojos del espectador en un ser feo/despreciable. La moraleja de la historia se presenta entonces de manera obvia, forzada. Y la empatía con los personajes animados –Lumiere, Señora Potts (tetera), Cogworth (reloj), etc.)- se espera nazca de su infortunio, no de su genuino encanto.

Resulta además imposible no preguntarte para qué una versión de carne y hueso si la animación estaría tan presente, dificultando la completa inmersión en la historia. Porque somos espectadores entrenados en efectos especiales ya, capaces de identificarlos y reconocerlos como artificio. Y una Bestia siempre digital genera inevitablemente distanciamiento. 

Con más de 710 millones de dólares recaudados a nivel mundial al día de hoy, este tipo de cuestionamientos poco importan para la industria, cuestión que sólo los hace más relevantes. 

De todas formas, la nueva versión de La Bella y la Bestia hace algunas apuestas que funcionan, como una protagonista incluso más disidente que la original. La Bella de Emma Watson luce con orgullo sus pantalones y no usa corsé, buscando inspirar a una nueva generación de niñas y niños que encuentran en esta princesa a una figura más parecida a una heroína. 

Y si se trata de representación en la pantalla, hacer que el compañero de aventuras del villano Gastón sea abiertamente gay, puede parecer una movida de marketing –y seguramente lo es-, pero también se convierte en el principal aporte de la película. Tomando en cuenta que Moonlight se transformó en la primera película LGTB en obtener el Oscar a mejor película, pensar que este tipo de personajes han encontrado su espacio en el cine es pecar de ingenuo. Así como niñas y niños se identificarán con el nuevo modelo de princesa, también lo harán niñas y niños con LeFou (Josh Gad), al ver representado su interés por alguien del mismo sexo en la pantalla grande. 

Aunque Ewan McGregor (Lumiere) tuviera razón al responder en una entrevista que este tipo de personajes es obvio en una película de 2017, se trata de un importante paso para la comunidad LGTB y para nosotros como humanidad, ya que la cultura de masas lo incorpora y garantiza la posibilidad de representación y posterior identificación.